Cuentos para niños sobre la Tolerancia

Los amigos del dragón

Todo el mundo sabía que, en el Reino de Fantasía,

sucedían cosas mágicas y, muchas veces, inexplicables.

Allí habían crecido dos amigos, Arturo y Martín,

que compartían el sueño de convertirse en grandes héroes.

Arturo era bien delgado, apenas podía levantar una espada,

pero soñaba con ser el más destacado caballero del reino.

Martín, quien no podía ver, quería ser un mago famoso.

Él aprendía sus lecciones gracias a su memoria prodigiosa

y su gran capacidad de atención.

Los dos niños vivían en el gran castillo de la Reina Rafaela,

donde reinaba la paz y la alegría.

Sin embargo, todos allí compartían un gran temor:

encontrarse con el monstruo terrorífico

que se rumoreaba vivía a las afueras del precinto.

Una mañana, Arturo y Martín emprendieron un paseo

al lago que bordeaba el castillo.

Allí, los dos amigos se sentaron en un muelle de madera,

sacaron sus cañas de pescar y esperaron un buen rato a que apareciera un pez.

Esperaron y esperaron…

Hasta que de pronto, un tirón fuertísimo

casi acaba con Martín sumergido dentro del lago.

"Algo jala mi anzuelo con mucha fuerza"

Le dijo a su amigo.

"Seguro es un pez gigante, ¡jala con más fuerza!"

Le aconsejó Arturo, mientras lo ayudaba a sostener la cuerda,

Los niños jalaron y jalaron sin darse por vencidos,

hasta que una figura enorme y oscura empezó a salir del lago…

¡Era un enorme dragón azul!

Arturo, asustado, cogió del brazo a su amigo para escapar,

pero Martín lo detuvo.

Su fino oído había escuchado algo.

“Arturo, no te vayas, nos está saludando”

Alertó Martín.

Arturo, atemorizado, volteó a mirar al dragón.

El monstruo, tímidamente, los saludó:

“Hola, hola… yo soy Dante, el dragón”

Martin, con mucha cortesía, respondió al saludo:

“Hola, Dante, nosotros somos Arturo y Martín. Es un gusto conocerte”

El dragón les contó que vivía en el fondo del lago,

que amaba salir a volar por las tardes sobre los campos que rodeaban al castillo.

Sin embargo, llevaba una enorme tristeza en el corazón:

cuando las personas lo veían volar, huían corriendo

aterrorizados por aquella bestia azul.

Tras escuchar esto, a Martín se le ocurrió una idea:

“Si vienes con nosotros y te presentamos formalmente,

todos podrán conocerte mejor. Así podrás hacer muchos amigos”

El dragón se emocionó con la propuesta y decidió ir con los niños.

Ellos, subieron al lomo del dragón y partieron por los aires hacia el castillo.

La travesía fue mágica para los pequeños.

Arturo estaba maravillado porque todo lucía diminuto desde el aire,

mientras que Martín disfrutaba a su manera,

sintiendo cómo las nubes tocaban su rostro y sus manos.

Viajar por el cielo es algo que solo se puede hacer con un dragón como amigo,

por eso, los dos niños estaban felices de haber conocido a Dante

y esperaban que las personas del reino también lo hicieran,

pero estos, al notar la silueta del dragón en el cielo,

se asustaron y corrieron a sus casas.

Dante se puso triste pues sintió el rechazo de siempre.

Arturo y Martín recorrieron casa por casa,

explicando que aquel dragón era dulce y tierno,

que solo quería hacer amigos, pero nadie les hizo caso.

Dante ya estaba a punto de partir,

cuando el agudo sonido de las trompetas

anunció la llegada de la Reina Rafaela.

A Su Majestad le habían informado

que se trataba de un monstruo que había invadido el castillo,

pero cuando vio que Arturo y Martín estaban al lado del dragón,

comprendió que no había ninguna amenaza.

Arturo le susurró a Martín que la reina estaba frente a ellos,

así que ambos la saludaron con una reverencia;

pero Dante, quien no conocía las costumbres humanas,

solo atinó a decir “Hola, señora, soy Dante”

La reina, con una sonrisa en el rostro,

le devolvió el saludo: “Buenos días, señor dragón, bienvenido a mi reino”

Los pobladores, al ver el este gesto amable, salieron de sus casas.

Ella los reunió y les dijo:

“¿Por qué se esconden y rechazan a alguien que les ofrece amistad?”

Nadie supo qué responder.

“Muchas veces nos dejamos guiar por las apariencias y eso no debe pasar".

"¿Cómo se sentirían si les hicieran lo mismo a ustedes?”

Los pobladores del reino pidieron disculpas al dragón,

que no era nada rencoroso.

Al contrario, estaba feliz de interactuar con tantas personas.

Antes de regresar a su trono,

la Reina Rafaela felicitó a Arturo y Martín:

“Niños, ustedes son pequeños, pero hoy han enseñado una gran lección:

hay que tratar a todos con gentileza y amabilidad,

aprender a ponernos en su lugar

y no dejarnos llevar por los prejuicios.

Lo que cuenta a la hora de juzgar a una persona

es su forma de ser y cómo nos sentimos cuando estamos con ella”.

Todos alabaron la sabiduría de Su Majestad

y la noble acción de los niños,

quienes desde ese momento fueron reconocidos en todo el reino,

como los héroes que se convirtieron

en los primeros amigos del dragón azul del lago.

Fin

Diego, un dinosaurio diferente

Hace millones de años, en un enorme pastizal, vivía una manada de dinosaurios de tres cuernos.

Uno de ellos se llamaba Diego, quien, a diferencia de los demás, tenía solo dos cuernos: le faltaba uno sobre su nariz.

Por este motivo, algunos dinosaurios lo molestaban.

Diego no tiene un cuerno, Diego es diferente – cantaban en son de burla.

El pobre Diego se sentía apenado y deseaba que le creciera el cuerno faltante.

Los otros dinosaurios, muy pillos, se aprovecharon de esto para jugarle una broma.

¡Diego, conocemos una forma de que te crezca el cuerno! – le dijo uno de ellos-.

Tienes que bañarte en los manantiales cerca al volcán.

Ingenuamente, Diego no lo pensó dos veces y se dirigió hacia el peligroso lugar, pero a mitad del camino, el volcán empezó a retumbar.

Los fuertes temblores asustaron a Diego e hicieron que huyera a toda prisa con rumbo desconocido.

Al cabo de un rato, Diego notó que se había perdido, así que empezó a caminar y caminar lamentando su desdicha, hasta que llegó a un gran valle que lo dejó boquiabierto.

¡Allí vivían dinosaurios diferentes! Él siempre creyó que solo existían dinosaurios de tres cuernos, pero en aquel valle encontró dinosaurios de todas las formas, colores y tamaños:

estaban los que tenían el cuello largo y cuellos súper largos; los voladores de tamaños pequeños, medianos y grandes…

Eran muchos y cada uno era único y especial.

Hola, pequeño, bienvenido al gran valle. – le dijo una dinosaurio de cuello muy largo –Me llamo Selma.

Hola, soy Diego. Veo que aquí hay muchos dinosaurios, muy diferentes entre sí.

Sí, todos somos muy diferentes. Solo mírame a mí: de todos los dinosaurios de cuello largo, el mío es mucho más largo que el de los demás.

Para hablar con otros, me tengo que agachar, pero a la hora de encontrar las frutas en los árboles más grandes, soy la mejor.

¡Oh! Me doy cuenta de que hay diferencias que se notan con solo verlas.

Así es, pero también hay diferencias que nos son visibles: todos tenemos gustos, costumbres y habilidades distintas.

Por ejemplo, a mí me gusta nadar en el lago, pero a mi amigo Teo que ves volando por ahí no le gusta el agua.

Diego estaba intrigado, siempre pensó que las diferencias eran malas en un grupo.

Selma, ¿es bueno ser diferente?

Yo creo que las diferencias nos hacen únicos y enriquecen nuestra comunidad.

Por ejemplo, los de cuellos largos conseguimos las frutas de los árboles, los voladores vigilan desde el cielo.

Cada uno colabora con habilidad particular, con su forma de ser y pensar.

¡Seguramente, tú también tienes mucho por aportar!

Diego se puso a pensar y recordó que él siempre tuvo un gran sentido del olfato.

Tengo una buena nariz, reconozco todos los aromas.

Al no tener un cuerno sobre su nariz, Diego había desarrollado esta habilidad muy por encima de los demás dinosaurios de su pastizal.

Selma quedó sorprendida y decidió ponerlo a prueba.

A ver, cierra los ojos y adivina qué tengo aquí.

Diego así lo hizo y empezó a reconocer diversos aromas, uno por uno.

Huele a flores silvestres… esto es una roca volcánica… y ahora, una hoja de árbol.

Mientras Diego adivinaba, algunos dinosaurios se iban acercando, curiosos por lo que estaba pasando.

Huele a helechos que deben ser deliciosos…

y ahora siento el olor de hiedras, ¡no las coman porque son venenosas!

Cuando Diego abrió los ojos, vio que había una multitud de dinosaurios a su alrededor y todos estaban sorprendidos con su talento.

¡Qué bueno eres, pequeño! – dijo Teo, el amigo de Selma - Saber qué plantas son buenas es de mucha ayuda.

Todos los presentes asintieron y alabaron a Diego por ese especial talento.

Por primera vez, Diego se sentía orgulloso de ser cómo era.

Tras pasar un día alegre en el gran valle, Diego decidió regresar con su manada.

Los dinosaurios le ayudaron a encontrar el camino de vuelta.

Cuando llegó al pastizal, Diego se encontró con el grupo de pillos que empezó a molestarlo como antes.

Diego no tiene un cuerno, Diego es diferente – cantaron en son de burla.

Esta vez, sin embargo, Diego no se dejó entristecer por lo que decían, pues se sentía seguro de sí mismo y sabía que no tenía nada de qué avergonzarse por ser diferente.

Además, había aprendido que ser diferente es ser especial, y que esas diferencias fortalecen una comunidad.

Desde ese momento, Diego se esforzó por ayudar a los demás con su buen olfato y, con el tiempo, se hizo querido y respetado por todos los dinosaurios, quienes comprendieron que el valor de Diego no estaba en cómo lucía, sino en sus acciones y sus aportes al grupo.

Fin

El club del roble

Un día, los 4 miembros del Club de Aventureros del bosque decidieron que debían reunirse bajo las ramas del gran roble para decidir cuál sería nombrado como el mejor aventurero de todos.

Rubo el zorro, el más ágil de todos, fue el primero en hablar.

"Fui perseguido por 2 lobos con cara de pocos amigos,"

Dijo, sentándose.

"Pero los perdí en el recodo del arroyo del Oeste gracias a mi gran velocidad."

"Eso no es nada. – La voz salía desde las ramas del roble. –

Yo he volado hasta las tierras de los elefantes en el Este,

¡Y he hablado con ellos!" – contó Lote, un gorrión de plumas pardas.

"Bueno… ¿De qué sirve vivir una aventura… si no puedes probarla?"

– quien hablaba era un hámster color caramelo–

"Yo he nadado por el pantano Norte y bajado a las cuevas centellantes…

¡solo para traer ESTO!"

Murdo el hámster sacó de sus cachetes una pequeña piedra de ámbar… pero una lengua muy larga se la quitó de las manos.

"Ay Murdo… en el Sur decimos que el premio es de quién espera…"

Dijo Bana el camaleón, apareciendo de la nada.

Los dos forcejearon por la piedra, mientras que Rubo y Lote trataban de separarlos.

Y estaban todos tan distraídos, que nadie notó a la pequeña coneja que los había estado escuchando desde el tronco del roble, y que ahora se sumaba a la conversación.

Mi nombre es Fio y creo que, si van a elegir al mejor aventurero, debería ser yo; soy amiga de los lobos del Oeste, conozco a los grandes elefantes del Este, he ido a las cuevas centellantes del Norte y viajo al Sur cada verano…

Se quedaron mudos.

No solo era una pequeña conejita ¡También era una chica!

Y ellos creían que las chicas no eran buenas aventureras,

¡No las querían en el club! La miraron con desconfianza.

¡No es cierto! – Dijeron los 4, al unísono.

Típico de chicos… -- Dijo Fio, corriendo hacia el otro lado del roble. –

Vengan a mi hogar, les mostraré mis trofeos de aventuras, si no me creen.

Y entonces vieron la casa.

Algunos decían que tenía fantasmas, otros solo la evitaban porque les daba mala espina… sea por la razón que fuera, ninguno la había visitado.

Y no querían empezar ahora.

¿E-e-esa casa? – Dijo Lote, sacudiendo sus alas.

Dicen que hay fantasmas. – Dijo Rubo.

No, ahí vivo yo. – Respondió Fio.

¿Sola? – Le preguntó Murdo.

Sí. – Dijo Fio, un poco fastidiada.

¿Eres un… fantasma? – preguntó Bana, tragando saliva.

¡No! ¿Vienen o no?

Yo me quedo a vigilar, por si acaso. - Rubo fue el primero en hablar.

Podrías necesitar ayuda… vigilando. – dijo Lote, volando al hombro del zorro.

¿Alguien más se queda? – Fio estaba visiblemente molesta.

El pasto se movió, mientras la voz de Bana se alejaba.

Lo siento, no me gustan los fantasmas.

Fio miró a Murdo. Y él la miró de vuelta.

Yo sigo sin creerte, así que vamos. – Dijo el roedor.

Caminaban sin hablar, solo escuchando el viento.

Finalmente, a mitad de camino, el Hámster se dio la media vuelta y echó a correr, asustado, hacia sus amigos.

Cuando la pequeña coneja los alcanzó, se podía ver su enojo.

Todos ustedes son unos miedosos.

Si hubieran ido conmigo a la casa, sabrían que es no es más que una casa vieja y sola en medio del bosque.

¡Grandes aventureros son, que no saben más que juzgar por lo que ven!

Una casa vieja puede ser un hogar y una chica puede ser una gran aventurera.

¡No necesitamos de su permiso ni tampoco de su club!

Los cuatro se sintieron avergonzados.

Fio tenía razón: Habían juzgado la casa sin acercarse…

¡y peor! Habían juzgado a la pequeña aventurera solo por ser una chica.

Ese día los cuatro aprendieron que las chicas pueden hacer todo lo que los chicos hacen porque no existen diferencias.

Así que los cuatro le pidieron perdón a Fio y la nombraron la mejor aventurera de todos, porque ciertamente lo era.

También decidieron cambiarle su nombre a “Club del Roble” para incluir a Fio, que aceptó feliz.

Y eso resultó ser una gran idea, porque a cada reunión, más y más aventureras llegaban de todos los rincones del bosque, con grandes historias de increíbles aventuras.

Fin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *