Cuentos para niños sobre la Solidaridad

El arcoíris y la nube gris

Hace muchos años, había un pequeño pueblo en el sur del país llamado 7 Colores.

Desde que amanecía hasta que anochecía, en su cielo era posible contemplar el arcoíris más espectacular del mundo.

Curiosamente, los habitantes de la aldea habían nombrado a su reconocido arcoíris, Aurelio.

Aurelio irrumpía todas las mañanas con su magia en el cielo.

Orgullosos, los granjeros y campesinos del pueblo levantaban la mirada para contemplarlo mientras trabajaban, pues su presencia los hacía sentir alegres y motivados.

Los rostros contentos de las personas llenaban de felicidad a Aurelio, pero había alguien especial que hacía brillar sus días.

Se trataba de Noelia, la más inteligente y tierna nube gris del cielo; sin embargo, la mayoría de personas resentía que

Noelia solo trajera lluvia y tapara a su querido Aurelio.

"¡Vete a otro lado!, ¡malogras el paisaje!"

Le gritaban a Noelia para ahuyentarla.

Apenada, Noelia se iba con su lluvia a otra parte, pero siempre regresaba para jugar con Aurelio.

Juanito, un niño del pueblo, siempre veía con tristeza cómo la nube se marchaba y le decía desde lejos:

“¡No te preocupes, nubecita!"

"Ellos no comprenden que la lluvia es importante"

"porque alimenta los ríos y los ríos dan vida a nuestros campos."

"Algún día tendrás la oportunidad de demostrar a todos lo valiosa que eres”.

Pasó el tiempo hasta que, durante un verano, el clima empezó a cambiar.

Los días se tornaron tan calurosos que el río que atravesaba el pueblo se secó.

Los cultivos ya no crecían y la gente no tenía agua ni para ellos ni para sus animales.

El calor era tan agobiante que afectó hasta Aurelio, quien ya no brillaba, generando que los habitantes del pueblo perdieran mucho más las esperanzas.

“Me gustaría ayudarlos, pero no sé cómo”, pensó Aurelio entristecido por la situación.

Noelia también quería ayudar, así que se ideó un plan y se dirigió al pueblo a ponerlo en marcha, pero, al llegar, no fue bien recibida.

"¡Vete a otro lado!"

Le gritaron los adultos.

"¡Estamos tristes por lo que pasa y verte nos molesta más!"

Noelia estaba por darse la vuelta, cuando una vocecita interrumpió los gritos.

"¡No digan eso!"

Dijo Juanito.

"¡Ella es nuestra amiga y quiere ayudarnos!"

Al oír a Juanito, la nube se motivó y empezó a concentrarse hasta oscurecerse por completo.

Una por una, las personas en el pueblo empezaron a colocar sus miradas en el cielo cuando, de pronto, ocurrió un milagro.

De la nube gris cayeron grandes gotas de lluvia, que empezaron a llenar el cauce del río.

Al ver cómo el río cobraba vida nuevamente, todos estallaron de felicidad.

Cuando el río se llenó por completo, los habitantes del pueblo se dieron cuenta que la nube gris que nunca valoraron y que habían desdeñado por tanto tiempo los había salvado.

El papá de Juanito, quien siempre había renegado de la nube gris, alzó la mirada al cielo para hablar con Noelia.

"Nubecita, a nombre del pueblo,"

"quiero agradecerte y también decirte que estamos arrepentidos por"

"todas las cosas feas que te hemos dicho. Perdónanos, por favor."

Noelia, que no era rencorosa, aceptó las disculpas y, desde ese momento, se convirtió, junto con Aurelio, en una de las maravillas del pueblo 7 Colores.

Noelia se llenó de orgullo.

En su corazón, siempre había sabido que hasta las nubes grises como ella tienen una oportunidad para brillar, porque todos somos buenos para algo, inclusive si los demás no lo notan o nos dicen lo contrario.

A partir de ese caluroso verano, la gente del pueblo empezó a transmitir, de generación en generación, la valiosa lección que aprendieron ese día: hay que ser amables y solidarios con todos, y no hay que guardar rencor en nuestros corazones.

Fin

El gigante de hielo

Hace muchos años, en una región cubierta de nieve, vivía un niño llamado Eric.

El pequeño era conocido en su villa por su carácter dócil y apacible.

Nunca decía que no. Incluso, cuando quería negarse, terminaba accediendo y por ello, algunos de sus amigos se aprovechaban de él.

¡Eric!, me olvidé conseguir leña, dame la tuya.

¡Eric!, regálame tu pescado.

¡Eric!, haz un muñeco de nieve por mí.

Un día, Helga, una de las niñas más grandes de la villa, reunió a todos los chicos para contarles una gran idea.

¡Amigos! Tengo un plan para que todos nos divirtamos - anunció emocionada –

¡Hay que construir un castillo de hielo!

¡Sí! – respondieron los niños en coro.

Pero para eso, necesitamos encontrar un lugar de donde podamos sacar hielo para la construcción.

¿A quién le gustaría cumplir esta misión?

¡Eric puede! – dijo uno de los niños.

¡Sí! – contestaron los demás – A él le gusta ayudar.

En el fondo, Eric no quería hacerlo, porque sabía que el hielo era un recurso importante y debía ser usado con prudencia, pero aceptó ante la insistencia.

Al día siguiente, Eric salió de la villa.

Caminó por mucho rato hasta encontrar una laguna escondida, el agua estaba congelada y había hielo suficiente para construir el castillo.

Sin embargo, eso no era lo único que había ahí:

Camuflado en el paisaje blanco había una enorme figura que se movía.

¡Era un gigante de hielo!

¡¿Quién anda ahí?! – preguntó el gigante.

Eric no se inmutó. Se quedó mirando al gigante y le respondió el saludo con amabilidad.

Hola, me llamo Eric, mucho gusto.

El gigante se quedó sorprendido, era la primera vez que un humano no huía asustado al verlo.

Yo soy Olson y soy el guardián del hielo en esta laguna, que también es mi hogar.

Cada año se derrite más así que tengo que cuidarlo.

Al escuchar esto, Eric comprendió que no podían sacar de ahí el hielo para el castillo.

No estaría bien arruinar el hogar del gigante.

Lo que sí hizo fue aprovechar el momento para preguntarle miles de cosas a Olson:

¿Cuántos años tienes?, ¿tienes más amigos gigantes?, ¿te gusta jugar?

Tengo miles de años, soy el último de mi especie, y claro que me gusta jugar.

Entonces, Eric le propuso a Olson divertirse juntos:

jugaron a las escondidas, se lanzaron bolas de nieve y patinaron juntos sobre la laguna.

Aunque recién se conocían, se divertían como grandes amigos.

Mientras tanto, en la villa, Helga y los demás niños esperaban a Eric.

¿Por qué Eric tarda tanto? – preguntó Helga – Se está demorando mucho.

¡Miren! Ahí está – dijo uno de los niños al ver a Eric llegar.

Todos los niños rodearon a Eric. Helga se le acercó para saber las noticias que traía.

Eric, ¿encontraste el lugar con hielo para el castillo?

Sí – respondió el niño.

¡Bien! Dinos dónde es para sacar todo el hielo que necesitamos.

No – contestó Eric.

Todos lo miraron sorprendidos. Nunca le habían escuchado decir que no.

Eric estaba nervioso, era la primera vez que se negaba a algo, pero esta ocasión era especial y Eric sabía que tenía que ser firme y mantener su postura.

¿Por qué no, Eric? – preguntó Helga - ¿Acaso no quieres que todos nos divirtamos con el castillo de hielo?

Quiero que todos se diviertan, pero sí hacemos eso vamos a dejar sin hogar a un amigo.

¿Qué amigo? – preguntó Helga intrigada.

Uno que también puede ser el suyo. ¡Olson, ven por favor!

En ese momento, el gigante hizo su aparición y todos quedaron maravillados ante el mágico ser que tenían ante sí.

Olson notó que esos niños, al igual que Eric, no le temían,

todo lo contrario, sentían curiosidad y admiración por él.

¡Qué gran sorpresa, Eric! – dijo Helga –

Un gigante de hielo es mejor que un castillo. ¡Gracias por presentárnoslo!

Todos estaban felices. El gigante se puso a jugar con los niños y se notaba alegría en cada uno de los rostros, pero sobre todo en el de Eric, quien se sentía bien pues por primera vez no había hecho lo que los demás le decían, y había aprendido a decir no a algo que le parecía que no estaba bien.

Eso era parte de conocerse mejor a sí mismo y fortalecer su carácter, y él estaba orgulloso de ese gran logro.

Fin

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