Cuentos para niños sobre la Honradez

La nube en el jardín

Una mañana, Margarita notó que algo en su jardín no andaba bien.

Bastian, su hermanito, fue con ella, pero se quedó en la puerta.

Él la seguía a todos lados, pero en donde Margarita era más aventurera, Basti era más tranquilo.

"Marga, entra mejor… Te puedes resfriar…"

"No nos va a pasar nada… Oye ¡Hey! ¿Qué es eso?" – dijo ella.

Señalaba a algo que parecía un pequeño montoncito de burbujas en el piso.

A simple vista era blanca, pero dependiendo de dónde la miraras, podría cambiar de color… Parecía… una nube; una nube esponjosa y suave.

¿¡Bueno, no me van a ayudar!?

Era la nube quién hablaba, brillando un poco y llenando de chispitas el aire.

Margarita retrocedió y Basti se escondió detrás de la puerta.

¿Ayudarte? ¿A qué? – le preguntó.

A buscar mi brazalete, ¡Se me cayó!

¿Eres del cielo? – Preguntó Bastian.

Sí, y vivo en el cielo también. – Respondió la nube.

Y vuelas. – Dijo él.

No vuelo, Floto…

Pero tiras rayos y truenos... – habló finalmente Margarita, intrigada.

Mira, son relámpagos… Más luz que electricidad… ¿Me van a ayudar o no?

Eres muy interesante, nubecita ¿Cómo te llamas?

Basti miraba sin acercarse aún, fascinado.

Alzó la mirada hacia el cielo, y la bajó lentamente, en línea recta.

Y ahí lo vio brillar, medio escondido tras la casa del perro.

Me llamo Brisa. – Dijo la nubecita.

Yo soy Margarita, y él es Basti.

Ok, te ayudamos. ¿Cómo es tu brazalete?

Ellas no lo habían visto ni de casualidad, y eso era bueno para él.

Basti se imaginó a si mismo usando el brazalete en el colegio, flotando y lanzando truenos para asustar a los bravucones que no lo dejaban jugar al basket…

El brazalete tenía que ser suyo.

Empezó a deslizarse fuera de la casa, moviéndose por detrás de donde Margarita y Brisa hablaban.

Trepó por unos arbustos y avanzó a gatas hasta que finalmente, ahí estaba: dorado, frío y casi sin peso, pero cosquilleaba mientras lo tenía entre sus manos…

Y tiene una inscripción que mi mamá le puso, con mi nombre.

Suena muy bonito... – Dijo Margarita, maravillada.

Es súper bonito, por eso bajé a buscarlo.

Claro. No te preocupes, hay que buscar… Basti ¿Qué haces ahí?

Él se congeló del miedo.

Quería quedarse con el brazalete, quería que los bravucones le temieran… pero si había algo que NO quería, era decepcionar a su hermana… y mentirle hubiera sido lo peor, porque él la quería mucho y ella le había enseñado todo lo que sabía.

Pasó saliva y sintió que un minuto pasaba en horas.

Al fin, estiró la mano con el brazalete.

Aquí está. Lo vi de lejos y vine por él.

Había en su voz un ligero tono de tristeza.

Brisa se acercó, flotando y lo tomó.

De repente, su cuerpo se hizo más grande y su luz, más brillante.

Soltó una gran carcajada y se lanzó a gran velocidad al aire, dando vueltas sobre el patio.

¡Es maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Muchas gracias!

Margarita miró a Basti, y se acercó a abrazarlo como solo una hermana puede abrazar.

Sé lo que querías hacer, y he visto lo que has hecho.

Pudiste quedártelo, pero lo devolviste a su dueña.

Estoy muy orgullosa de ti, hermanito.

Gracias… -- Dijo él, sonriendo un poco, pero aún dolido.

Pero hiciste lo correcto, y eso es mejor.

Dijo Margarita, abrazándolo un poco más fuerte.

Gracias, pequeñito – Dijo Brisa, con una voz que parecía más como la de viento fresco en verano.

Por lo que has hecho, tienes mi gratitud: cuando lo necesites, solo di mi nombre y yo bajaré a ayudarte en lo que necesites…

¡Pero solo si tu corazón permanece puro y tus intenciones, honradas!

Y dicho esto, se fue al cielo, a tapar el hueco que había dejado.

Y así fue que Basti hizo lo correcto.

Margarita se lo recordaba siempre, para que mantuviera su corazón honesto y puro, por si algún día necesitaba su ayuda.

Y él lo mantenía así, porque le gustaba decir que era tan importante, que tenía una amiga en las nubes.

Fin

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