Cuentos para niños sobre la amistad

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Los cuentos infantiles sobre la amistad tienen algo especial. Suelen ser historias sencillas, pero poderosas, de dos amigos que superan juntos los obstáculos. Nos recuerdan la importancia de tener a alguien en quien confiar y el valor de la verdadera amistad. Estas historias siempre parecen tocar la fibra sensible de los jóvenes lectores, que pueden identificarse con los personajes y sus experiencias. Tanto si se trata de la Rana y el Sapo como de Winnie the Pooh y Piglet, estas historias son clásicos atemporales que seguirán deleitando a los niños durante generaciones.

Los 3 mejores cuentos para niños sobre la amistad

Muchos cuentos infantiles tratan sobre la amistad. Esto se debe a que la amistad es una parte muy importante de la vida de un niño. A través de la amistad, los niños aprenden a compartir, a cuidar de los demás y a resolver conflictos. La amistad es también una gran manera de que los niños aprendan sobre sí mismos.

Las aventuras de Latita

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Había una vez, una familia de latas que vivía en un apacible supermercado.

Una de las latas, sin embargo, soñaba con conocer el mundo más allá del supermercado.

Era una lata de leche condensada llamada Latita y quería encontrar sus propias aventuras y llevar su dulzura a nuevos lugares.

Hasta que un día, escuchó una voz.

"Mamá, ¿podemos llevarnos esa lata de leche condensada a la casa?" Preguntó un niño.

En un abrir y cerrar de ojos, Latita llegó a su nuevo hogar, una alacena.

Miles de caras nuevas la rodeaban, pero con gran valentía, se presentó ante sus nuevos compañeros.

"Hola, soy latita, llena de ilusión y leche condensada".

"¡Mucho gusto!"

"¡Bienvenida!"

"¡Qué rico que traigas dulzura a esta alacena!" Dijo una enorme caja de cereal.

"¡Hola!"

"Hay un espacio a mi lado si quieres acomodarte por aquí"

Dijo una lata de atún.

Hubo un pequeño silencio incómodo y desde la última fila salió una gran bolsa de harina.

Bolsa de harina: "Mira hojalata"

Latita: "Lata, latita para los amigos."

Bolsa de harina: "Hojalata, te recomiendo que encuentres un lugar donde no   te caiga la luz." "Eso hará que se olviden de ti."

Latita: "¿Que se olviden de mí?"

"Pero si lo que yo quiero son aventuras, salir, pasear."

Bolsa de harina: "Pues terminarás en el abominable tacho de basura."

"¿El abominable tacho de basura?"

"¿Qué es eso?"

Preguntó latita preocupada.

Pasaron los días y latita decidió que antes de terminar en el tacho de basura, tenía que hacer algo memorable por los demás.

Es así como se enteró de que la bolsa de harina estaba peleada desde hace mucho con su prima hermana la levadura. Y decidió juntarlas para amistarse.

Se encontró con que la lata de atún andaba volteada hace días y no podía pararse. Así que la ayudó a darse vuelta.

Hasta que un día, de pronto, la alacena se abrió. Una pequeña mano agarró a latita, la abrió y comenzó a tomar su contenido.

Latita suspiró. Porque sabía que el abominable tacho de basura la esperaba.

Pero, para su sorpresa, no la llevaron al tacho.

Ella, confundida, no tenía idea de que Luis, el niño que decidió llevársela del supermercado, amaba los dinosaurios.

Luis, lavó bien a latita.

La llevó con cuidado a la mesa donde siempre hacía las tareas y comenzó a moldearla con ayuda de su mamá.

De pronto, escuchó la voz de Luis.

-"Mamá, ¡quedó increíble!"

-"¿Dónde la vas a poner hijo?"

-"Mmm, ¡aquí!" "Sobre mi mesa de noche."

Al escuchar esto, latita, confundida, abrió los ojos.

En ese momento, ella descubrió un espejo al frente suyo.

Tardó un poco en entender que ese ser brillante y espectacular era ella.

A su lado, un parlante reciclado hecho de cartón, se dio cuenta de lo confundida que estaba.

"¡Hola!"

"Soy Cartono."

"¿Y tú?"

Dijo el cartón.

"Yo, soy latita."

"Aunque no me reconozco."

"Me gusta mucho pero, no entiendo qué me pasó."

"Tranquila latita, ¡te han reciclado!"

"Eso mismo me pasó a mí."

"Era un simple cartón, y ahora mírame"

"¡Puedo hacer esto!"

"¡Bum, bum, bum!"

"Y, entonces, ¿cómo me debería llamar yo?"

"Bueno, eres una lata, también eres un dinosaurio."

"Así que diría que eres una ¡Latasaurio!"

"Lata... ¿saurio?"

"¡Latasaurio!"

"¡Me encanta!"

Y así fue como latita descubrió que cuando uno da lo mejor de sí, siempre llega a algo bueno.

Por eso latitasaurio, pudo hacer nuevos amigos.

Y, sobre todo, vivir las aventuras con las que siempre soñó.

Fin

Cartono

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Había una vez un cartón que vivía en un oscuro y lejano garaje.

Así transcurrían sus días, mientras conversaba con sus dos únicos amigos:

Balde de Pintura y Llanta Pinchada.

Antes de llegar a ese garaje, el buen Cartón había sido un cartón cuadrado y robusto.

Al poco tiempo de llegar a su nuevo hogar, perdió su forma. Fue desdoblado y puesto en un estante.

Cartón amaba la música.

La primera vez que escuchó una canción sintió amor a primera nota musical.

Había sucedido hacía mucho tiempo dentro de un camión donde el conductor prendió la radio y ahí empezó todo.

Cartón no tenía un paso de baile predilecto pero cuando escuchaba un buen ritmo, quería sacudir todo el cuerpo.

¿Por qué no lo hacía?

Su figura no lo ayudaba. Era tan plano que al mínimo intento de moverse, se derrumbaba.

Un día, mientras charlaba con Balde de Pintura, se empezó a cuestionar algunas cosas.

Cartón: "Balde... ¿crees que algún día pueda bailar?"

Balde de pintura: "Cartón...podrías aspirar a guardar cosas, almacenar,"

"ya si sueñas en grande, ¡ayudar en una mudanza!"

"Pero, más que eso, no creo."

Llanta Pinchada, quien venía escuchando la conversación desde lejos, rodó hacia ellos.

"Si Cartón quiere bailar, bailará."

"A ver Cartón, inténtalo."

"Empujas un poco por aquí, otro poco por allá, ¡listo!"

El ritmo de Llanta dejó a Cartón boquiabierto.

"¡Lo tengo que intentar!"

Dijo Cartón animado.

De pronto, a lo lejos, un ritmo de rock empezó a sonar. Era el repertorio del vecino.

"¡Esto es una señal!"

Pensó ilusionado Cartón.

Dio un impulso contra la pared y empezó a moverse, sintió que estaba flotando y de pronto, ¡Pum! Cayó.

Llanta, para ayudarlo, le comenzó a echar aire desde su parte pinchada a ver si así podía tomar impulso, pero nada.

Balde trató de darle su aza, pero Cartón estaba al nivel del piso y el asa no llegaba.

Así quedó. Pasaron los días,

Cartón siguió en el mismo lugar, echado, mirando el techo.

Soñaba con bailar e imaginaba todos los pasos de baile que jamás le saldrían.

De pronto, una mañana, Cartón comenzó a escuchar su canción favorita, esa que escuchó por primera vez en el camión.

El sonido cada vez, cobraba mayor intensidad.

"¡Mi canción, esa es mi canción!"

"Ayúdenme a pararme, ¡quiero bailar!"

Rugió Cartón desesperado.

Bote y Llanta comenzaron a bailar para animar a Cartón.

Sacaron sus mejores pasos y empezaron a bailar alrededor de él.

Cartón se emocionó tanto que estaba al borde de las lágrimas de felicidad, pero Balde, lo cortó.

"No pues Cartón, bailamos para que estés feliz."

"De ahí lloras, te mojas y te pones más blandito."

Mientras Balde decía eso, escucharon a la pequeña Emilia, la hermana de Luis, acercarse al garaje.

Venía feliz tarareando una canción.

Emilia se acercó a Cartón, lo recogió cariñosamente del piso y se fue con él.

Cartón no sabía a dónde lo llevaban.

Sin embargo, estaba feliz de ya no estar tirado en el piso.

Emilia lo colocó en su escritorio y se puso manos a la obra:

Primero, lo regresó a su forma cuadrada.

Luego, le puso unos cables, una bocina y lo rodeó con cinta adhesiva.

"¡Listo! El mejor uso de cartón reciclado,"

"¡Mi propio parlante!"

"Sí Emi, la verdad es que cuando reciclamos no solo le hacemos un bien a nuestro planeta,"

"sino que también podemos crear cosas nuevas, útiles y lindas."

En ese momento, Cartón comenzó a sentir una verdadera vibración, la música lo recorría cada vez más fuerte.

Jamás se imaginó que se sentiría así ser un parlante.

Emilia lo agarró, lo abrazó y empezó a bailar con él.

Con ello, muchos objetos y juguetes del cuarto comenzaron a vibrar también.

¡Todos se unieron a la fiesta!

Fue allí que Cartón se dio cuenta que se había armado la fiesta gracias a la música que estaba emanando de su interior.

Ahí supo que llamarse Cartón, ya no le quedaba más.

Y así fue como decidió inspirado en las tonalidades que soltaba que sería el gran y único... ¡CARTONO!

Así es como en esta historia podemos ver la empatía, generosidad y amistad que tienen Cartono y sus amigos.

Todos diferentes pero ayudándolo a cumplir lo que más quería en su vida: ¡bailar!

Y la familia de Emi, siempre dándole una segunda oportunidad a los objetos para así ayudar al planeta y a los demás.

Fin

Un tesoro submarino

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En las profundidades del mar de la costa norte del Perú, vivían dos buenos pero muy distintos amigos:

El pulpo Pepe y la ballenita Betty.

Durante el día, recorrían el litoral nadando y cuando descansaban, soñaban con emprender grandes travesías que los llevarían a vivir fantásticas aventuras y a descubrir parajes desconocidos.

Un día, mientras jugaban, escucharon a una robusta langosta murmurarle algo a su hermana.

“Parece que el tesoro del famoso pirata Barbalegre está escondido cerca de aquí, en aquella cueva profunda por la que pasamos el otro día”, le oyeron decir.

"¿Tesoro? ¿Qué tesoro?"

"Seguro que son patrañas"

gruñó Pepe, quien no solía ser tan optimista.

A Betty, sin embargo, se le iluminaron los ojos y empezó a hacer saltos por todas las olas.

"¡Un tesoro! Pepe, ¡tenemos que encontrarlo!"

Nadaron durante horas hasta que llegaron a la cueva.

Entraron sigilosamente y avanzaron hasta que se toparon con una bifurcación al interior de la cueva.

Pepe se estaba aburriendo, pero Betty lo animó a seguir.

"¡Vamos, Pepe!"

Decía Betty cada cierto tramo.

"¡Tenemos que encontrar ese tesoro!"

Nadaron y nadaron durante horas por el camino dentro de la cueva.

Pepe pensaba que todo era una leyenda y que no existía tal tesoro cuando, de pronto, Betty se topó con un gran cofre, cubierto por algas.

Con mucho cuidado, los dos amigos lo abrieron.

No podían creer lo que tenían en frente.

¡Habían encontrado el tesoro de Barbalegre!

El cofre estaba repleto de juguetes, juegos de mesa, cuentos…

¡Todo lo que imagines para divertirte con tus amigos!

Betty y Pepe estaban felices porque podían repartir todo lo encontrado entre sus demás amigos, hasta que notaron que, tras haber dado tantas vueltas y giros en el camino, no sabían cómo salir de la cueva.

"¡Ay! Estamos perdidos."

Se lamentó Pepe.

"Mejor no hubiésemos venido."

Betty estaba pensativa.

Su mamá siempre le había dicho que tener una actitud positiva frente a cualquier problema ayuda a superarlo.

"Pepe, no te preocupes."

Dijo Betty con una sonrisa.

"Algo se nos va a ocurrir para salir de aquí."

De pronto, la ballenita entonó una hermosa canción.

Al escucharla, Pepe quedó hechizado, como por el canto de una sirena.

La dulce melodía de su amiga lo inspiró a seguir.

También motivó a un huraño cangrejo a salir de su escondite y aplaudir con sus tenazas.

"¡Bravo! ¡Bravísimo!"

Exclamó.

"Disculpa que te interrumpa,"

"pero estaba cerca y tu maravilloso canto me cautivó."

"Gracias"

Respondió Betty.

"Ya que está por aquí, ¿nos podría ayudar con algo?"

"Claro, díganme."

"Pues… resulta que estamos perdidos."

"¿Podría ayudarnos a salir de aquí?"

"Yo conozco cada rincón de esta cueva y, gustosamente, los guiaré hasta la salida"

Les respondió.

De inmediato, Betty y Pepe agarraron el cofre y, cuando por fin lograron salir, se despidieron del cangrejo y agradecieron la ayuda brindada.

Antes de nadar de regreso a sus respectivas casas,

Pepe le hizo una pregunta a su amiga.

"Betty, ¿por qué te pusiste a cantar en la cueva?"

La ballenita se puso a pensar y, con su sonrisa de siempre, respondió:

"Cantar siempre me ayuda a sentirme bien y, en ese momento,"

"pensé que te alegraría a ti también."

"Además, sabía que, si cantaba, alguien nos podría escuchar y venir a ayudar."

Al escuchar esto, Pepe quedó sorprendido con la actitud sabia y positiva de Betty.

Mientras nadaba camino a su hogar,

Pepe miró el cofre que habían encontrado y se puso a pensar que los juguetes que habían dentro eran muy bonitos, pero el tesoro con el que salió de esa cueva era otro, uno más valioso: él había descubierto que tenía una gran amiga que le había enseñado a ser optimista y a transmitir esa actitud positiva hacia quienes la necesitan.

Esa lección era el verdadero tesoro.

Fin

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