Cuentos para niños sobre la Honestidad

Los héroes de Ucumari

En un lejano rincón de los Andes, se encontraba un pueblo hermoso, situado entre las montañas, llamado Ucumari.

Ahí vivía Illari, la niña más curiosa e inteligente entre los pequeños del lugar.

Pocos le prestaban atención porque en Ucumari todos admiraban a Antay, un jovencito fuerte y valiente, que se había hecho famoso por espantar a los pícaros duendes que solían aparecer en el pueblo y se robaban los alimentos.

¡Antay! ¡Antay! Yo quiero ser como tú – le decían en coro los otros niños.

Inclusive el líder de la comunidad alaba a Antay:

“Este niño es un ejemplo para todos.”

Antay tenía mucha confianza en sí mismo y se consideraba mejor que los demás.

Por este motivo, no escuchaba ni respetaba la opinión de otros.

Los niños, que no veían eso como un defecto, lo seguían en sus aventuras contra los duendes que, extrañamente, solo aparecían en Ucumari y no los pueblos vecinos.

¿Por qué pasará esto? – se preguntaba Illari –

Los duendes no son seres muy listos, pero siempre encuentran la forma de llegar a nuestra aldea.

Illari estaba decidida a resolver este misterio.

Un día, Antay y otros niños se dirigieron a las afueras del pueblo para vigilar que no se acercaran duendes.

Illari decidió acompañarlos. Quizás así podría encontrar algunas pistas.

Durante la travesía, Antay demostraba su destreza en todo lo que hacía: desde cómo mantenerse alerta en todo momento hasta cómo caminar con paso firme por los puentes colgantes.

Pero tenía una costumbre un poco fea: comía cosas y luego tiraba sus desperdicios por el camino.

Todos los chicos lo imitaban, en afán de congraciarse con su héroe.

Y Antay, a su vez, se enorgullecía de que lo imiten hasta en lo más mínimo.

De pronto, de atrás de unos arbustos saltaron unos duendes.

Todos se asustaron, pero Antay, con un grito feroz, los ahuyentó.

Los demás festejaron su hazaña, pero Illari irrumpió la celebración.

¡Ese es el problema! – exclamó– Ustedes dejan un rastro de comida que los duendes siguen.

Tienen que limpiar y recoger todo lo que tiran la piso, por el bien de nuestra comunidad.

Antay se puso furioso. No estaba acostumbrado a que le llamaran la atención.

Yo soy el más reconocido en el pueblo – respondió con frialdad – No tengo por qué hacerte caso.

Luego, Antay y sus seguidores continuaron su camino.

La pequeña Illari no podía quedarse de brazos cruzados, así que tomó la responsabilidad de limpiar los restos que dejaron los otros.

No pudo cargar con todo, pero hizo su mejor esfuerzo pese a que nadie más le ayudó.

Durante los siguientes días, Illari se encargó de limpiar todo lo que Antay y su grupo tiraban al piso.

Al principio, lo hacía sola ante las burlas de Antay y los demás niños, pero luego algo sorprendente ocurrió: los duendes dejaron de aparecer.

Illari, creo que tenías razón – dijo Kusi, uno de los niños que seguía a Antay –

Déjame ayudarte a limpiar.

Poco a poco, más seguidores de Antay siguieron el ejemplo de Illari.

Dejaron de tirar restos de comida y dejaban limpios los caminos que Antay ensuciaba.

Los adultos notaron que el problema de los duendes estaba solucionado y creyeron que era gracias a Antay.

¡Antay!, mereces un premio – dijo el líder del pueblo –

Ningún otro podría haber resuelto el problema de los duendes.

¡Señor! Illari es a quien debe felicitar – dijo Kusi.

¡Sí! Ella solucionó el problema – respondieron los demás niños.

El líder estaba confundido. ¿Es cierto eso, Antay?

En ese instante, Antay quiso mentir y hacer creer que él merecía el reconocimiento, pero no pudo.

Por primera vez en mucho tiempo, hizo algo realmente ejemplar.

Dijo la verdad.

Sí, señor. A Illari le debemos la desaparición de los duendes.

Debí hacerle caso antes, pero no respeté su opinión.

Todos en el pueblo se sorprendieron y alabaron a Illari, la levantaron en hombros y la felicitaron por ser un ejemplo para todo el pueblo.

¡Muchas gracias a todos! – dijo la pequeña heroína – Gracias a ti también, Antay, por decir hoy la verdad.

Pequeñas y sencillas acciones, como reconocer nuestros errores, ser honestos, respetar la opinión de otros y mantener limpia nuestra comunidad, son una gran demostración de que cualquiera puede ser un buen ejemplo para los demás.

Desde ese momento, la leyenda del pueblo de Ucumari se extendió por los Andes, en donde se contaba cómo una pequeña niña se deshizo de los duendes y se convirtió en un ejemplo para todos los demás.

Fin

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