Cuentos para niños sobre la Amabilidad

La palabra más mágica

Un día, Julieta la ratoncita decidió mudarse a la ciudad, dejando su tranquilo bosque para caminar entre edificios enormes.

Pero todo valía la pena porque la ciudad era un gran lugar para vivir.

Había buscado una casita bonita dónde vivir hasta que finalmente encontró un lugar que le pareció hermoso, una linda casita de un solo piso en un condominio que le encantó.

Este será mi hogar. Será un gran hogar. – Dijo ella, ilusionada.

La casa era pequeñita pero acogedora y aunque ella nunca había vivido en un condominio antes, ahora todo le parecía una aventura:

Julieta nunca había estado más feliz, y se lo dijo al señor Nutria, el administrador del condominio.

¡Es la casita más bonita de todas!

Ehm, sí. Claro

¿Ya conoció a su vecino, el señor Garra? – Respondió.

Aún no… ¡Pero estoy segura que nos llevaremos de maravilla!

Ehm, sí… claro… – Dijo Nutria, incrédulo.

Le demoró unos días poner todo como a ella le gustaba: su cama, su tocadiscos y el cuadro de su familia… su casa iba quedando perfecta, pero en todo ese tiempo, no había visto al misterioso vecino ni una vez.

Un día, mientras Julieta hacía sus galletitas favoritas, se dio cuenta que ya no tenía harina.

Era tarde y las tiendas ya habían cerrado, así que decidió pedírsela a su misterioso vecino.

¿Hola, señor Garra? – dijo, tocando la puerta.

Váyase. – Respondió una voz.

Soy su nueva vecina y quería saber si tendría un poco de harina, estoy hacie— la puerta se abrió de pronto.

Julieta vio la figura de un gato mayor, de pie y con la mirada muy seria.

Quiso seguir explicando, pero el gato no la dejó.

Sí sé quién es. Y no tengo nada. Adiós.

Y cerró la puerta de golpe.

Julieta se quedó fría. ¡Qué maleducado!

Garra, el vecino misterioso era, además, odioso.

Mientras caminaba hacia su casa, pensó en un plan.

Un plan que estaba segura que daría resultado. Un plan mágico.

Al día siguiente, fue a la tienda y compró harina.

Horneo sus galletas durante toda la mañana.

Cuando terminó, las decoró, las puso en una caja muy bonita y armándose de valor, regresó donde el señor Garra.

¿Señor Garra?

Sí, qué quiere. – Dijo él.

Estas son para usted.

Garra abrió la puerta y la vio sonriente, con una caja de galletas envuelta con un listón rojo.

Las hice yo. Para alegrarle la mañana y por interrumpirlo ayer.

Al final conseguí la harina y pensé en traerle unas cuantas galletas.

Son una receta especial de mi familia.

El gato la miró, desconfiado, aceptó la caja con un seco “gracias” y cerró la puerta.

Julieta sonrió. Ahora es cuando la magia empezaría.

Era de tarde cuando tocaron la puerta.

Ella se asomó y vio a un señor Garra ligeramente diferente: su mueca era menos seria, su mirada se había vuelto más suave

¡Y hasta sonreía! Llevaba la caja de rosquitas dulces y una botella de leche en la otra.

¿Sí?

Hola Julieta. Soy Garra, tu vecino.

Venía a agradecerte las galletas, han sido las mejores que he probado… y de paso, quería invitarte estas rosquitas, que son mis favoritas.

Claro que sí señor Garra ¿De verdad le gustaron?

Sí. Esa receta de tu familia debe ser especial.

Es mágica. – Dijo ella, sonriendo.

¡Mágica! ¿Y cuál es el ingrediente?

Amabilidad, señor Garra. Y funcionó

¿Ve cómo ahora es más amable y feliz?

Garra la miró sorprendido, pero luego soltó una gran risotada.

¡Claro que son mágicas! ¡Claro que sí!

¡Por supuesto! ¿No le gustaría pasar? Y conversar.

Rieron juntos durante un buen rato y para cuando Garra se despidió, ya eran grandes amigos y quedaron para juntarse siempre.

Julieta sonrió aliviada.

La amabilidad era realmente la mejor magia de todas.

Solo necesitó un poquito, y unas cuantas galletas, para ablandar el corazón del señor Garra y convertirlo en un nuevo gran amigo.

Fin

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